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¿Tus hijos tienen más energía que una central nuclear? Tenemos la solución (y no es la tablet)

Seamos sinceros, padres y madres del mundo. Llega esa hora de la tarde en la que vuestros adorables retoños se transforman en una especie de gremlins hiperactivos alimentados con azúcar y wifi. Corren por el pasillo, el mando de la tele se convierte en un arma arrojadiza y la palabra ‘aburrimiento’ resuena en vuestros oídos como el tam-tam de una tribu preparándose para la guerra. Habéis probado con el ajedrez (duró cinco minutos), la papiroflexia (acabó en una batalla de bolitas de papel) y hasta intentasteis que leyeran un libro (lo usaron para calzar una mesa coja). Estáis al borde del colapso, mirando esa tablet como si fuera el Arca de la Alianza, la única que puede traer la paz a vuestro hogar.

Pues bien, tenemos una noticia que os va a cambiar la vida: existe un lugar mágico, una especie de Narnia en Pozuelo, donde esa energía desbordante no solo es bienvenida, sino que es el combustible principal. Bienvenidos al Olímpico de Pozuelo Rugby, el lugar donde convertimos pequeños terremotos en compañeros de equipo y, de paso, os regalamos un par de horas de bendita paz. Aquí, correr sin rumbo fijo se convierte en buscar un espacio, gritar se transforma en comunicar una jugada y empujar al hermano se traduce en una melé bien formada. Es la alquimia del deporte, amigas y amigos, y nosotros somos los hechiceros del balón ovalado.

Vale, vale, hemos picado vuestra curiosidad. ‘Rugby’, estaréis pensando. ‘¿No es ese deporte de bestias pardas que se dan mamporros por un melón de cuero?’. Pues sí y no. Hay contacto, claro, es un deporte para valientes, no para gente que se asusta con una notificación de Hacienda (¿Existe alguien?). Pero lo que de verdad se aprende aquí va mucho más allá de placar. Se aprende a levantarse cuando te caes, una y mil veces. Se aprende a ayudar al compañero que tienes al lado, a confiar en él ciegamente. Se aprende a respetar al árbitro (incluso cuando crees que necesita gafas urgentemente) y al rival, porque sin él no hay partido. Se aprende que el más grande no siempre gana, que la astucia, la velocidad y el trabajo en equipo valen más que cien kilos de puro músculo.

Nuestros entrenadores no son sargentos de hierro, son educadores con un silbato que saben perfectamente cómo canalizar esa energía juvenil en algo productivo. Enseñan a pasar el balón hacia atrás para poder avanzar juntos, una metáfora de la vida que ya quisieran muchos ‘coaches’ de corbata. ¿Los detalles aburridos pero necesarios? La cita con el destino (y con el barro, que también mola un montón) es los martes y jueves en el Valle de las Cañas, de 17:30 a 19:00. Un horario perfecto para que quemen hasta la última caloría antes de la cena y caigan en la cama como benditos. ¿Tu hijo o hija tiene 6 años y la coordinación de un pato mareado? ¡Perfecto, nos lo quedamos! ¿Tiene 12 y nunca ha tocado un balón que no sea redondo? ¡Que se venga! Aquí no pedimos currículum ni hacemos pruebas de acceso, solo pedimos ganas de pasarlo bien y de mancharse un poco (o mucho). Disclamer: Los gastos en lavadoras no están incluidos.

Y aquí viene la letra pequeña, la que normalmente nadie lee pero que en nuestro caso es la mejor parte: esto no es una de esas extraescolares en las que dejas al niño en la puerta con un beso y lo recoges dos horas después con la misma cara de haber estado en el dentista. ¡Ni de broma! El Olímpico es una plaga, una bendita plaga que se extiende a toda la familia. Mientras los enanos corren por el campo persiguiendo un balón, los padres, madres, tíos y abuelos montan su propio espectáculo en la grada. Se forma una comunidad, un corrillo donde se habla de todo menos de trabajo: que si a Fulanito le ha salido un diente, que si la melé del otro día fue un escándalo, que quién trae las tortillas para el ‘tercer tiempo’ del sábado. Porque sí, aquí los sábados de partido son una fiesta nacional. Los niños juegan, los padres animan (a veces con más pasión de la cuenta) y después, todos juntos, rivales incluidos, compartimos un bocado y una bebida. Es el famoso ‘tercer tiempo’, un ritual sagrado donde se forjan amistades para toda la vida, tanto dentro como fuera del campo.

De repente, te descubrirás organizando barbacoas con gente que hace dos meses no conocías de nada, todo por culpa de un balón con forma de huevo. Así que no te dejes engañar, no estás apuntando a tu hijo a un deporte. Estás metiendo a toda tu familia en un club. Y te va a encantar. La pregunta ya no es si tu hijo necesita el rugby. La pregunta es si estás preparado para la que se te viene encima. Si la respuesta es un ‘sí’ rotundo, o incluso un ‘bueno, por probar…’, te esperamos con los brazos abiertos. La primera dosis es gratis, sin compromiso alguno. Venid, probad y descubrid por qué en el Olímpico de Pozuelo no solo formamos jugadores, construimos una familia un poco loca, pero una familia al fin y al cabo. Toda la información, para los que aún leen, está en nuestra web: https://www.olimpicorugby.com/ o escribiendo a escuela@olimpicorugby.com. ¡Nos vemos en el Valle!

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