¡Que tiemble el Valle y que resuene en toda la comarca! El Club Olímpico de Pozuelo ha perpetrado el asalto más noble de su historia: la conquista del balcón del Ayuntamiento. No, no hubo melés en la puerta ni placajes a los concejales (aunque alguna idea loca se nos pasó por la cabeza), sino el inmenso honor de dar el pregón que da el pistoletazo de salida a las fiestas de nuestra ciudad. Y vaya si se notó. Ver esa plaza a rebosar, teñida de un mar de azul y blanco, con las peñas, los vecinos y hasta el apuntador jaleando, es una sensación que se codea con la de levantar un título o la de ver a tu pilier más zopenco anotar un ensayo de 80 metros.
Desde esa atalaya, con la vista de pájaro de nuestra gente, te das cuenta de que esto es mucho más grande que un simple partido. Es la conexión de un club con su ciudad, un latido compartido que lleva vibrando ya sesenta años. Y para rematar la faena, las palabras de la alcaldesa, Paloma Tejero, que fueron más dulces que una victoria en el último segundo. Nos definió como “esfuerzo, trabajo, compañerismo, espíritu de lucha y superación”. ¡Hombre, por fin alguien que habla nuestro idioma! Creíamos que iba a sacar un contrato para ficharnos para su gabinete. Cuando dijo que somos “mucho más que un club: una gran familia”, dio en el clavo. Somos esa familia peculiar, un poco ruidosa y algo bruta, que se reúne los fines de semana para darse abrazos con el hombro y luego arreglar el mundo con una cerveza en la mano. Gracias, alcaldesa, por entender a la perfección la locura que nos une. Este chute de cariño institucional y popular nos da combustible para, como mínimo, otros sesenta años de rugby, sudor y alegrías.
A la cabeza, nuestro presi, Ignacio del Olmo, ese hombre que lo mismo te negocia un patrocinio que te canta una bilbainada en el tercer tiempo. Flanqueándole, la flor y nata de nuestros equipos senior: Miriam Vega y Manuel Arias, nuestras capitanas y capitanes, que por un día cambiaron los placajes por los apretones de manos y las arengas en el vestuario por las sonrisas para la foto oficial. La anfitriona de semejante sarao no fue otra que la alcaldesa de Pozuelo, Paloma Tejero, quien nos recibió con los brazos abiertos, demostrando que el rugby y la política local pueden, y deben, ir de la mano por el bien de la comunidad.
Ver a los nuestros en el balcón del Ayuntamiento es una imagen que vale más que mil ensayos bajo palos. Es la prueba fehaciente de que el Olímpico de Pozuelo es mucho más que un club deportivo; es una institución arraigada en el corazón de nuestra ciudad, un motor social y un referente de valores para cientos de familias. Bromas aparte, esta invitación es un placaje directo al corazón. Es el reconocimiento al esfuerzo silencioso de cada jugador, entrenador, delegado, fisio, padre, madre y voluntario que forma esta bendita locura que llamamos la #FamiliaOmega.
Nos cuentan las malas lenguas que Manu estuvo a punto de formar un maul en la cola de los canapés y que Miriam tuvo que explicarle a un edil que no, un ‘avant’ no es una marca de coches de alta gama, sino una tragedia que te invalida la mejor jugada del partido. Sea como fuere, nuestros representantes estuvieron a la altura, demostrando que la disciplina, el respeto y el saber estar son valores que se aprenden en el campo y se aplican en la vida. Porque de eso va el rugby, ¿no? De saber cuándo empujar con todo y cuándo dar un paso atrás, de respetar al árbitro aunque creas que necesita gafas de tres dioptrías y, sobre todo, de entender que el equipo está por encima de cualquier individuo. Miriam y Manu no estaban allí a título personal; llevaban en sus hombros el peso y el orgullo de cada compañero y compañera, desde los linces que apenas levantan un palmo del suelo hasta los veteranos que siguen dando lecciones de vida y de rugby cada fin de semana. Verlos junto a la alcaldesa es un mensaje para toda esa cantera: el trabajo duro, el compromiso y la lealtad tienen su recompensa, y no siempre es en forma de trofeo.
Sesenta años. Se dice rápido, pero es un camino más largo que un despeje a la bota con el viento en contra. Seis décadas forjando una leyenda a base de barro, sudor, alguna que otra visita al dentista y, por encima de todo, una lealtad inquebrantable a este escudo y a este deporte de bestias jugado por caballeros (y por damas, por supuesto, que reparten juego con la misma o más clase). Desde que un puñado de valientes visionarios decidieron que Pozuelo necesitaba rugby, el Olímpico ha crecido hasta convertirse en lo que es hoy: la inmensa y algo caótica ‘Familia Omega’. Somos un ecosistema completo y autosuficiente. Desde los más pequeños, nuestros ‘jabatos’, que descubren la magia de correr con un balón que bota para donde le da la gana, hasta nuestros venerables veteranos, cuyas articulaciones suenan como una carraca pero cuya astucia en el campo vale su peso en oro.
Y entre medias, un ejército de jugadores y jugadoras de todas las categorías, entrenadores que pierden la voz cada fin de semana, delegados que hacen malabares con las fichas, fisios que obran milagros con cinta adhesiva y un batallón de padres y madres que son el verdadero pilar que sostiene este bendito manicomio. Porque el Olímpico no es solo la foto del domingo. Es la helada de un martes de febrero en el Valle de las Cañas, es la sesión de gimnasio cuando el cuerpo te pide clemencia, es la mano que te levanta del suelo cuando has fallado un placaje y, sobre todo, es ese tercer tiempo sagrado donde el rival se convierte en amigo y las batallas del campo se disuelven entre risas y anécdotas. Llevamos el nombre de Pozuelo grabado a fuego, paseándolo con orgullo por cada rincón de España. Cada vez que uno de los nuestros pisa el césped, lleva consigo el peso y el honor de sesenta años de historia, el legado de miles que defendieron estos colores. Es una responsabilidad que nos pone las pilas, porque sabemos que en cada melé no empujamos solos; empuja toda una ciudad.
Que nadie se confunda. Este pregón no ha sido un homenaje nostálgico ni una palmadita en la espalda para cerrar el chiringuito. Ha sido todo lo contrario: el silbato que da comienzo al partido más importante, el de nuestro futuro. Ha sido una declaración de intenciones en toda regla, un grito desde el corazón de Pozuelo para que todos sepan que el gigante azul y blanco está más vivo y con más hambre que nunca. El eco de los aplausos en la plaza es la banda sonora que nos va a acompañar toda la temporada, un recordatorio del compromiso que tenemos con nuestra gente.
Queremos que el Valle de las Cañas siga siendo lo que siempre fue: un bastión inexpugnable, un lugar donde los visitantes sepan que para rascar un punto van a tener que sudar sangre (metafóricamente, claro). Queremos seguir siendo una escuela de vida, un lugar donde se forman deportistas, pero, sobre todo, personas íntegras con los valores que son nuestro ADN. Queremos que cada chaval y chavala de Pozuelo vea en el Olímpico su casa, un refugio donde crecer, competir, hacer amigos de los de verdad y aprender que caerse está permitido, pero levantarse es obligatorio.
Así que, pozueleros, el trato es el siguiente: nosotros nos dejaremos el alma en cada ruck, en cada carrera y en cada placaje para que sigáis llevando la cabeza bien alta. A cambio, solo os pedimos vuestro aliento desde la grada, haga un sol de justicia o caigan chuzos de punta. Vuestro apoyo es nuestro jugador número dieciséis. Mil gracias de nuevo al Ayuntamiento por prestarnos el balcón. Intentaremos no cogerle el gusto, que luego nos malacostumbramos a la buena vida. Y gracias a los fotógrafos por inmortalizar el momento y sacar nuestro lado bueno. ¡Ahora sí, a disfrutar de las fiestas como mandan los cánones y a calentar motores, porque el Olímpico vuelve a rugir! ¡Aupa Oli!




