Se acabó lo bueno. El verano, esa mentira maravillosa de tres meses (o quince días, si eres un currito de bien), ha echado el cierre. Vuelven los madrugones, el sonido de la alarma que parece invocar a un demonio mesopotámico, el tráfico, los ‘buenos días’ con cara de funeral en la oficina y esa sensación de que tu alma se ha quedado en un chiringuito de Cádiz. Septiembre es, básicamente, la cuesta de enero pero con menos turrón y más depresión post-vacacional.
Tu propósito de ‘este año sí que sí’ se desvanece más rápido que una cerveza en el tercer tiempo. ¿Apuntarte al gimnasio? Ya lo intentaste. Correr es de cobardes y el crossfit parece una secta donde la cuota de entrada es una hernia discal. Necesitas algo más. Algo que te haga sentir vivo, que te saque de la rutina y te presente a gente que no te pregunta por el ‘deadline’ del informe trimestral. Necesitas un propósito. Necesitas… barro. Y amigos. Y un balón con una forma que desafía la lógica. Amigo, amiga, bienvenido a la llamada del rugby. En el Olímpico de Pozuelo no te prometemos que vayas a solucionar todos tus problemas, pero te aseguramos que durante unas horas a la semana, se te van a olvidar por completo. Estarás demasiado ocupado intentando placar a alguien que parece un armario normando o corriendo como si te persiguiera tu casero a fin de mes. Y, sinceramente, no hay mejor terapia de choque que esa.
Ahora mismo estarás pensando: ‘Pero si yo tengo el físico de un espagueti cocido’ o ‘la última vez que corrí fue para coger el último metro’. ¡Perfecto! Eres exactamente lo que buscamos. El rugby es el deporte más democrático y extrañamente inclusivo que existe. Aquí no importa si eres alto, bajo, ancho, estrecho, rápido como un gamo o contundente como una bola de demolición. Hay un sitio para ti. Tenemos a los ‘pilares’, cuya misión es básicamente ser el ancla del equipo y tener la estabilidad de una montaña; a los ‘talonadores’, que son como cirujanos en el meollo de la melé; a los ‘segundas’, esos gigantes que vuelan en las touches como si fueran bailarines de ballet con sobrepeso; y luego está la línea, ese compendio de velocistas, estrategas y artistas del engaño que corren, pasan y esquivan rivales con una elegancia que ya quisieran muchos. En el Olímpico de Pozuelo, tanto en nuestros equipos masculinos como femeninos, valoramos más las ganas que el currículum deportivo. Lo único que te pedimos es que estés dispuesto a currar, a levantarte cuando te caigas (y te vas a caer, mucho) y a entender que el de al lado no es tu compañero, es tu hermano o hermana de batalla.
Te enseñaremos a placar, a pasar, a correr y, lo más importante, a celebrar el tercer tiempo. Porque el rugby no acaba cuando el árbitro pita el final. Ahí empieza la verdadera hermandad, con una bebida en la mano, comentando la jugada y riéndote de ese placaje que fallaste estrepitosamente. Es un código no escrito, una ley sagrada que nos convierte en algo más que un club: una familia. Una familia un poco bruta, sí, pero que siempre te cubrirá la espalda.
¿Te hemos convencido? ¿O al menos hemos despertado tu curiosidad morbosa? Pues ahora viene la mejor parte. No te pedimos que firmes un contrato con tu sangre ni que te tatúes el escudo del club (aunque todo se andará). Te lo ponemos fácil: ven y prueba. Sin compromiso. Sin cuotas ocultas. Sin letra pequeña. Solo tienes que traer ropa de deporte que no te importe manchar de barro, unas botas de tacos si tienes (y si no, unas zapatillas para empezar valen) y, sobre todo, una mente abierta. Pásate por nuestro campo en el Valle de las Cañas, pregunta por cualquiera de los entrenadores y di las palabras mágicas: ‘Vengo a probar’. Te acogeremos como a uno de los nuestros desde el primer minuto.
Te enseñaremos los conceptos básicos, te pondremos a sudar un poco y te demostraremos por qué dicen que el rugby es un deporte de bestias jugado por caballeros (y damas, por supuesto). Si después del primer día decides que lo tuyo es el ajedrez, no pasa nada. Nos daremos la mano y te desearemos suerte en tu búsqueda del jaque mate. Pero si sientes esa chispa, esa descarga de adrenalina, esa sensación de pertenencia… entonces, amigo, estás perdido. Te habrás enganchado. Y habrás encontrado tu sitio. Así que deja de darle vueltas y de buscar excusas. El sofá seguirá ahí cuando vuelvas, pero la oportunidad de unirte a la familia del Olímpico es ahora. Te esperamos con los brazos abiertos y un placaje de bienvenida. ¡No te arrepentirás! Bueno, quizá un poco al día siguiente cuando te duelan músculos que no sabías que tenías, incluidos los que te hacen sonreir, y habrá merecido la pena.




